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Benagol

Los descubrí en el 2004 en Inglaterra y desde entonces no han faltado en mi casa. Y aunque haya quien sostiene que son un placebo, para mí son fundamentales cada vez que tengo una de mis habituales infecciones de garganta o cuando se me acentúa mi faringitis crónica. Allí se llamaban Strepsils, al igual que en España, en Alemania o en Austria. Pero aquí, donde todo es distinto, se llaman Benagol y los de naranja son de color amarillo.
A pesar de que habitualmente voy caminando al trabajo, como el día estaba lloviznoso me cojo un autobús a primerísima hora de la mañana, tan contento. No hay sitio para sentarse, pero sólo hay otra persona que va de pie, así que me planto en la parte central del bus arrimado a un palote vertical al que sujetarme para no darme una castaña, porque aquí conducen como bestias pardas. Diría una que yo me sé, “dejaron el arado para coger el volante”. En la siguiente parada sube gente. En la siguiente, sube bastante gente y el bus ya va lleno como para que los pocos más que suban se queden justo en la puerta. Siguiente parada. Se sube una monja por la puerta delantera. Toda espitosa ella, empieza a empujar a la gente con ambos brazos mientras va diciendo: “permiso, permiso, permiso, permiso, permiso”. Y la tía que va separando las aguas como si fuera Moisés, o un matarife desollando un bicho, y va haciendo una incisión desde delante de todo hasta el centro del autobús. Con un par. “Permiso, permiso, permiso”. Me suelto de mi palote y me muevo un poco para dejarla pasar y va la tía y ¡zas! ¡Se planta exactamente en el sitio en el que estaba yo! Añádase para más drama que la monja olía que tumbaría a un muerto. “¿Bien, eh?”, le digo mientras que arranca el bus. Y como la paisana me había robado mi punto de apoyo, me hubiera caído de no ser porque lo bueno de ir tan apretujados es que siempre tienes a mano alguien a quien sujetarte.

Modales

escupitajo
Nunca calificaría a los italianos como “gente educada”. Cuando llegas a un sitio y saludas, no te responden. Recuerdo que la primera vez que viví aquí, allá por el 2003, me empeñé a enseñar modales a los bibliotecarios del centro en el que trabajaba. Cada vez que llegaba decía “buenos días” y cada vez que me iba “hasta mañana”. Tardé tiempo, pero al final respondían a mis interpelaciones. Esa batalla la mantengo y voy consiguiendo resultados.

Pero, sin embargo, impresiona realmente coger un medio de transporte público y ver cómo todo el mundo cede su asiento. Si va un anciano, va sentado. Alguien, uno u otro, le deja su sitio. En los últimos meses vi dos escenas que me impresionaron. Primera. Una señora embarazadísima que se levantaba para dejar su sitio a un anciano. Segunda. Una señora de mil años que se levantaba para dejar su sitio a una chica que estaba embarazada.

A la última

Muchos creen que exagero cuando digo que en este país es imposible hacer algo a la primera. Y que todavía exagero más cuando digo que si el paro no es mayor es porque como lo hay que hacer todo varias veces, se necesita emplear a más gente para dar excusas a los clientes que van, vienen, vuelven y vuelven a volver.

Caso práctico reciente.

Viernes, 9:00: Se me rompen las gafas.

Viernes, 9:10: Estoy en una óptica. Me dicen que lunes o martes llegará el cristal, que me llaman por teléfono en cuanto llegue y que me lo montan.

Martes, 11:30: Me acerco a la óptica, dando por hecho que el cristal habría llegado pero que iban a incumplir su promesa de llamarme. Así era. Pero la chica me dice que tendría que haber ido entre las 9:00 y las 10:00, que sólo en esa hora se pueden llevar las gafas porque cada día las recoge un señor y se las lleva a otro sitio y allí montan los cristales. Le respondo que si me lo hubiera dicho, lo habría sabido.

Miércoles, 9:00: Vuelvo a la óptica. Dejo las gafas. Me dicen que a las 17:00 puedo pasar a recogerlas.

Miércoles, 17:30: Voy a recoger mis gafas. “Todavía no ha llegado el repartidor. Ven más tarde”. “¿Cerráis a las 20:00, verdad?”. “Sí, a las 20:00”.

Miércoles, 19:15: Vuelvo. “Mira, es que no ha llegado y no me contesta al teléfono. ¿Puedes volver más tarde?”. “Sí, claro, pero falta menos de una hora”. “De hecho, media, porque hoy cerramos a las 19:45”.

Miércoles, 19:40: Una vez más. Adivinen.

Jueves, 9:00: Repetimos la operación. Lalalaaaaaa. “Quizá más tarde”. “Vale; vengo a la hora de comer”. “No, no; abrimos de 9 a 13 y de 17 a 20”.

Jueves, 11:30: Llamo por teléfono. Me dicen que ya (sic) ha pasado el señor del reparto y que vaya cuando quiera.

Jueves, 12:30: Me paso por allí. Y se pone a buscar mis gafas el tío y resulta que precisamente las mías no han llegado. “Espera que llamo a mi compañero”. Pienso: dame paciencia, Señor, porque como me des fuerza lo reviento. Me jura y me perjura que viene el paisano a propósito y que me las trae lo antes posible, que me pase después de comer.

Jueves, 17:40: Finalmente puedo retirar mis gafas. Les pregunto si para pagar también voy a tener que ir siete veces en treinta horas.

Y así con todo.

*******

Contraejemplo: los últimos cristales que cambié, en Ferrol.

17:00: voy a la óptica y les dejo mis gafas. Me voy a visitar a una amiga.

18:00: voy a la óptica y recojo mis gafas con sus nuevos cristales.

Occhiali

Últimamente no me permito a mí mismo dormir más de cinco horas al día. No; no me llegan. Pero es lo que hay. Y aun así no me da tiempo para hacer todo lo que me gustaría. Por la mañana cuatro despertadores tocan una sinfonía posmoderna politonal y polirrítmica mientras que la luz que entra por las persianas que dejo abiertas me da en mi arrebujada cara. Y yo, mal que bien, me levanto como un zombi, con mis ojeras perpetuas convertidas en boinas.

Hoy me quedé dormido. Desperté media hora tarde. Ni me afeité. Me di un duchazo fugaz. Desayuné de pie mientras hacía otras cosas, como así ha sido desde hace ni se sabe cuánto. Me como una galleta mientras hago la cama, una loncha de jamón mientras me ato un zapato, una cucharada de yogur mientras me peino y bebo un sorbo de té muy negro con poco azúcar y una microgota de leche mientras me echo alguno de mis perjúmenes. Salí corriendo a la calle. Como siempre, en cuanto cierro el portal me saco las gafas para limpiarlas. Y estando en este proceso escucho a través del Caballero de la rosa que mi iPod cantaba en mi oído que alguien grita mi nombre. Me saco un auricular y me pongo las gafas para ver que a lo lejos, sonriente, venía un amigo. Sigo limpiando las gafas al tiempo que nos acercamos y, mientras mi mano derecha se lanzaba al frente para encontrar la suya, la izquierda se abrió no sé cómo ni por qué y dejó caer las gafas. Y, a pesar de que son carisísimas porque los cristales son anti-todo e i-loquesenosocurra, el hecho es que uno se rajó. ¡Y yo sin gafas de repuesto!

Ya me ven yendo a una óptica donde me dicen que me encargan el cristal y que llegará el martes, si hay suerte el lunes, pero que tengo que dejarles las gafas allí. Le digo a la chica que ni con polvorones. Que en un ojo tengo casi diez dioptrías y en el otro siete y media y que sin gafas no me veo ni los pies en la ducha. Me dice que capisce y que entonces cuando llegue el cristal le tendré que dejar allí las gafas un par de horitas para montármelo. Nos vamos entendiendo. Y, entre medias, le pido unas lentillas desechables para no tener una visión codificada durante estos cuatro días.

¡El maravilloso mundo de las lentillas! Hacía unos diez años que, por pereza o desidia, no las usaba y, ay, qué bien. No sé si resaltan más mis ojos azules o mis ojeras marrones, pero qué bien. Sólo que esto tiene un problema, y es que ha abierto la veda para el maravilloso mundo de las gafas de sol, que había abandonado hace algún tiempo. Y con mis gafas de sol a 2.500 kilómetros y la soleada primavera romana en pleno esplendor, no me va a quedar más remedio que comprarme algunas. Que en lugar de haber escrito “unas” haya puesto “algunas” es señal de que, como suelo decir cuando algo se me ha metido en el cuerno, tienen que ser mías. Yes.

Pizza de Nutella

“¡Pero qué guarrada! ¡Es que no les llega con la pizza de patatas fritas y la de patatas cocidas, que son capaces de hacer incluso una pizza de Nutella!”. Algo así dije yo la primera vez que escuché hablar de esta cosa. Y me tuve que tragar mis palabras. Y la pizza.

“Alice” es el nombre de un pizza al taglio que está en Via Marche y desde hace no demasiado tiempo también en pleno Campo Marzio, en Via Stelletta. Como primera idea a retener, las pizzas que preparan aquí están todas buenas. Muy buenas. Extraordinariamente buenas. De las mejorcísimas que yo haya probado. Y como segunda idea y antes de decir lo que yo dije, les recomiendo sinceramente que tomen de postre la de Nutella. Me lo agradecerán.

A los italianos les cuesta esperar su turno en una cola y tratan de colarse en cuanto pueden.

Las técnicas clásicas son al menos tres: el “Hola, Paco”, la cola-tumor y “el despistao”.

La primera se da, por ejemplo, en las colas de los comedores universitarios. Varias colas monstruosas, la gente situada en varias al mismo tiempo, y un grupo de personas que llega, levantan la mano y uno de ellos empieza a hablar a voces con alguien a quien ve en la lejanía. Independientemente de que éste sea su mejor amigo o un tío que coincide con ellos en una asignatura que tienen pendiente de primero de carrera, se fuman toda la cola y se van hacia adelante, se ponen de palique con el susodicho y se cuelan aprovechando su turno.

La cola-tumor es otra estrategia de grupo consistente en que varias personas que van juntas se colocan en un punto situado en el medio de la cola y se ponen a hablar casualmente allí. Una vez conquistado su trocito de territorio, a partir de este bulto se desarrolla una cola paralela. Y, como el cáncer, si no se ataja rápidamente se expande a tal velocidad que es imparable una vez que haya más personas en esta cola que en la original.

El “despistao” es la variante anterior pero sin metástasis. En el caso de una persona que va sola, se establece en un punto muy adelantado en relación al final de la cola, se detiene allí, mira para las musarañas, probablemente saca el móvil y finge hacer algo con él, mira a derecha e izquierda y si nadie lo increpa, allí se queda. En caso de parejas o grupos, no es necesario sacar el móvil. Simplemente aposentarse en un punto, empezar a hablar, y cuando la cola se mueva, ellos ya están allí y ya avanzan con los demás. Si están en un aeropuerto, las pantallas de información suelen ser una buena coartada. Se empieza mirando la pantalla y el resto viene dado.

Y como ya he vivido bastante tiempo en este país y tengo el carácter que tengo, yo suelo optar por increparlos con un “mire, perdone, la cola acaba allí”. Al hacer eso hay que tener en cuenta que los italianos, por definición, siempre van a decir algo. Las réplicas fundamentales son de tres tipos:

1.- “Sí, sí, perdón”. No hay más que decir. Le estaba echando toda la cara del mundo, no coló, se va para el final y aquí paz y después gloria.

2.- El que finge estar en la Luna. “¡Oh!, ¿sí? No me había dado cuenta. ¡Es que soy tan despistado!”.

3.- El lercho (*), que aún tiene las santas narices de replicar de alguna manera. Por ejemplo: “¿está usted insinuando que intentaba colarme?”, con variantes más o menos dramáticas: “es que es lo último que usted me acuse de nada, como si colocarme casualmente aquí fuera un delito”.

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(*) Soy consciente de que es un galleguismo, pero creo que es suficientemente elocuente.